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Alberto Mottesi
“Pégame a mí, pero no le pegues a mamá”. Así gritaba llena de angustia la niñita de apenas seis años tratando de detener la brutalidad del hombre que golpeaba a su madre.
¡Cuántos casos como este enfrentamos a diario! “Salvemos la familia”, un ministerio de nuestra Asociación Evangelística, está encaminado a brindarle ayuda a la decadente familia actual.
Son muchos los ejemplos que nos alientan a seguir el camino de
restaurar hogares, sanar heridas y ayudar a la gente a descubrir lo más
valioso de la vida: la salvación mediante nuestro Señor Jesucristo.
Veamos algunos de los muchos resultados de “Salvemos la familia”:
Problemas familiares que tuvieron solución
Denme otra oportunidad. Se necesitaron varias semanas de intensa
consejería e intercesión. Con la madre y la niña por un lado, y por el
otro con el esposo y padre. Luego con toda la familia junta. Poco a
poco la luz del evangelio comenzó a brillar en estas vidas. El hombre,
finalmente arrepentido, dijo a su familia: “Por favor denme otra
oportunidad. Quiero ir a la iglesia con ustedes y empezar una nueva
vida”.
¡Ayúdenos! Mientras Noemí, mi esposa y directora de “Salvemos a la
familia”, recibió una llamada telefónica. Era un clamor desesperado de
una señora que quería la intervención de mi esposa. Estaban
consternados porque su hijo, de apenas catorce años, iba a suicidarse
arrojándose al vacío desde el balcón del apartamento.
Noemí comenzó a ministrar al marido y luego también al muchacho que
intentaba suicidarse. Al día siguiente, mientras Noemí predicaba en una
iglesia del área de Miami, vio que entraban los tres: la mujer con su
esposo y el hijo. Cuando hizo la invitación de aceptar a Cristo, los
tres, en medio de un mar de llanto y confundidos en un solo abrazo,
pasaron al frente rindiéndose al señorío de Cristo.
Un bulto en la basura. Una alumna de mi esposa, junto con su hermana
carnal y su cuñado, paseaban por las calles de una ciudad de la costa
oeste mexicana llamada Cabo San Lucas, en Baja California. De pronto
vio a una mujer joven en actitud sospechosa.
Estaba arrojando un “extraño bulto” dentro de un gran recipiente de
basura. Algo o ALGUIEN, mejor dicho, la movió y corrió para ver qué
contenía aquel singular paquete. ¡Qué tremenda sorpresa! Era una niñita
de cinco días de nacida que su madre abandonaba.
- ¿Por qué haces esto – le preguntó a la mujer.
- No quiero a esa niña… aborrezco a esta criatura, no me interesa hija. No sé qué hacer y por eso la abandono así.
- ¿Me permites tomarla? – le preguntó la alumna de Noemí.
La joven madre muy turbada, apenas asintió con la cabeza y salió
corriendo como un rayo, perdiéndose de la vista de ellos. La mujer, muy
emocionada, llevó la bebita recién nacida a su casa, la bañó, la
perfumó y la vistió. Le dio de comer y la llevó al doctor. Terminó
adoptándola como hija de su familia. Y sobra decir que esa pequeñita
hoy hace las delicias de todos en la casa.
Un verdadero milagro. Una fría mañana de invierno, desde una caseta de
teléfono público, una madre cuya voz temblorosa reflejaba una terrible
angustia, llamó a las oficinas de “Salvemos a la familia”. La
trabajadora que la atendió escuchó estas palabras: “Mi hija solo tiene
dieciséis años, está embarazada y todo el mundo le está recomendando
que aborte la criatura. Le he rogado que no lo haga, que la ayudaré a
cuidarla mientras ella siga estudiando.
Estoy aquí frente a una de esas horribles “clínicas familiares”, mi
hija está allí llenando sus papeles para que le hagan el aborto. El
caso estaba totalmente fuera de nuestra área geográfica. Era
materialmente imposible llegar hasta allá a tiempo para salvar dos
vidas: la de la joven madre y la de la inocente criatura.
Pero hay un recurso que no falla: la dimensión vertical. Oramos y
reclamamos esas vidas para Dios. Guerreamos contra Satanás y sus
huestes, y en el Nombre de Cristo confiamos en que esa muerte no se
produciría. Días más tarde la misma madre nos llamó y nos dijo:
¡ocurrió un verdadero milagro!
Por una razón que no entiendo, mi hija salió corriendo de aquella
clínica y me dijo: “Mamá, ya no voy a hacer esto tan horrible, quiero
mi bebé. Vamos mamá, busquemos a alguien que nos hable de Dios,
necesito un cambio en mi vida”. Nuestras oraciones fueron oídas y
contestadas.
Un aborto al parecer inevitable. “Hoy te harás el aborto”. Eso ya está
decidido. Así que báñate rápido y vamos que el doctor nos está
esperando. De esta manera le habló el hombre duramente a su pareja en
una comunidad cerca del centro de los Ángeles.
La mujer había tratado en vano de convencer a su compañero de que no la
obligara a abortar. Cuando salió del baño, algo extraño estaba
sucediendo. El hombre tenía en sus manos el libro “Aborto” que escribió
Noemí, mi esposa. Un líder de la Iglesia Bíblica de Norwalk se lo había
regalado a ella.
Él lo tenía abierto, sus manos temblaban y llorando le dijo a su
compañera: “Acabo de leer algunas páginas de este libro. Nunca me
perdonaría lo que este niño pudiera sufrir. Creo que no podemos hacer
el aborto… vamos a tener a nuestro hijo”.
Jesucristo dice “No” a Satanás.
Satanás tiene a muchas vidas atrapadas en sus manos y las tiene al
borde del basurero. Está a punto de arrojarlas entre los desechos del
mundo. Sin embargo, se que Jesucristo le grita a Satanás: ¡No lo puedes
hacer! Esa vida me pertenece. ¡La quiero para mí, para toda la
eternidad!
No somos insensibles a las necesidades de la familia. De ahí que
mediante nuestro ministerio “Salvemos a la familia” hacemos nuestra
parte. Y lo hacemos porque en primer lugar el amor mismo de Cristo nos
obliga. En segundo lugar por lo que vemos y oímos todo los días.
Nuestro corazón se parte en pedazos cuando sabemos de hogares desechos
por el flagelo del divorcio. Niños abandonados porque sus padres no los
pueden mantener. Esposas golpeadas una y otra vez por maridos
machistas.
Hombres esclavos del licor y la droga. Padres que maltratan a sus hijos
de muchas formas. Madres que no les permiten a sus hijitos ver la vida
y los asesinan mediante el aborto. Jovencitas, niños y adolescentes que
caminan como zombies, víctimas de toda clase de abusos.
¡Ah, cuánto quisiéramos tener miles de brazos y piernas y los recursos
necesarios para correr a ellos, abrazarlos, amarlos y darles la
solución divina para salir de esa esclavitud! Todo este cuadro es señal
de los tiempos finales.
Cuando abro los periódicos, cuando sintonizo los noticieros en la
televisión, cuando leo las revistas o aun cuando escucho los
comentarios que se hacen en la calle, la única conclusión que saco es
que Satanás, como perro rabioso, está vomitando su asquerosa espuma de
odio y destrucción sobre la institución de la familia.
Ha enemistado a los padres con sus hijos y a estos con sus padres. El
corazón de los padres busca aliento, consuelo, dirección, vida y
valoración en el materialismo externo, vacío y absorbente.
El corazón de los hijos ha abandonado el amor a los padres y busca en
los amigos, la fantasía, la pandilla, las drogas, el libertinaje sexual
y el dinero fácil, el amor y el respeto, la dirección y el propósito
que perdieron en su propio hogar.
¡Ambos corazones tienen que volverse el uno hacia el otro! No se puede
ser padre sin hijos, ni se puede ser hijo sin padres. ¿O es que acaso
se puede ser río sin agua?
En muchas casas, conste que no digo “hogares”, se vive la cultura del
odio, la desobediencia, los gritos, la falta de respeto, la deslealtad,
la indiferencia, los abusos, los golpes, las violaciones y toda clase
de ejemplos inmorales. El esposo llega borracho a golpear a la esposa.
Los hijos usan drogas robándoles dinero a sus padres. A los padres les
preocupa más derramar lágrimas por las tristezas y amarguras de la
protagonista de la telenovela, que por las necesidades de sus hijos.
Las calificaciones de los muchachos son malas. Las deudas de los padres
son cada vez mayores… Las relaciones sexuales se han tornado salvajes y
se han convertido en un placer irresponsable.
Cada día se manifiesta más el fantasma del divorcio. Cada día las
penumbras del suicidio se sacian cada vez más de las vidas apenas
frescas de los adolescentes. Cada día las llamas de ese infierno se
avivan con más fuerza.
La respuesta a este caos la tenemos en Jesucristo y es necesario que el
mundo lo conozca. Puesto que la iglesia no puede ser mejor que las
familias que la forman, debe preocuparnos la restauración de la familia
como institución creada y guiada por Dios mismo. ¿Qué hacer ante tal
disyuntiva?
Tomado del libro: El poder de su presencia
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